Los mártires salesianos de la Inspectoría Bética de Sevilla 

La Inspectoría Salesiana Bética de María Auxiliadora con sede en Sevilla, constaba en 1936 de 21 comunidades con un total de 242 salesianos profesos y 15 novicios. Habría que añadir unos 15 estudiantes de teología en Madrid-Carabanchel Alto. Los asesinados en odio a la fe fueron 18, lo que significa un 8% de los profesos. Se distribuyen entre las localidades andaluzas de Ronda, Sevilla, Morón de la Frontera y Málaga. Al grupo de salesianos se añaden tres cooperadores de Pozoblanco, totalizando los 21 (22 antes de retirar del proceso a don Vicente Reyes) miembros de la Familia Salesiana asesinados en Andalucía.

- Ronda

- Sevilla

- Morón de la Frontera

- Málaga

- Pozoblanco

 

Ronda

En la ciudad de Ronda, provincia de Málaga, había en 1936 dos presencias salesianas. La primera en el tiempo se había fundado en 1902, con el nombre de Escuelas Populares de Santa Teresa, que en el año del comienzo de la Guerra civil tenían cerca de 250 alumnos externos de enseñanza elemental y el domingo ofrecían las actividades del oratorio festivo.

De la segunda presencia en Ronda, cercana a la primera, se habían hecho cargo los Salesianos en 1919. Era un internado dedicado al Sagrado Corazón, que ofrecía enseñanza elemental y media a cerca de 200 alumnos, mitad internos y mitad externos. Dos tercios del total hacían el bachillerato. El nombre popular de este colegio era “El Castillo”.

Afortunadamente, ni entre los aspirantes de Montilla, que habían llegado al colegio Sagrado Corazón en la tarde del día 13 de julio, para pasar unos días de descanso, ni entre los salesianos que les acompañaban, hubo que lamentar víctimas. Sin duda que en ello influyó el carácter de colonia escolar obrera protegida que el grupo de aspirantes tuvo desde el día 19 de julio, por concesión expresa  del “Comité de Defensa”, a petición de los salesianos don José Manuel Pérez y don Manuel María Martín que, igual que el alcalde de Ronda, eran también salmantinos.

De los 16 salesianos fijos en Ronda (5 en las escuelas y 11 en el colegio) fueron asesinados 6.  De la comunidad de las escuelas de Santa Teresa, 3: los presbíteros Pablo Caballero y Antonio Mohedano, de Málaga y Córdoba, respectivamente, y un clérigo trienal: Juan Luis Hernández, de Cerralbo (Salamanca); y de la comunidad de “El Castillo” otros 3, todos presbíteros: Antonio Torrero, Enrique Canut y Miguel Molina, de Villafranca de Córdoba, Llessui (Lérida) y Montilla (Córdoba), respectivamente. A los 3 de la comunidad de las escuelas populares, hay que añadir un cuarto: el subdiácono Honorio Hernández, de la localidad salmantina de El Manzano, que, como ya se ha indicado, acababa de terminar en Madrid-Carabanchel sus estudios de teología y había sido destinado a Ronda-Santa Teresa para colaborar en las actividades de verano.

En total fueron, pues, 7 los salesianos mártires en Ronda. En el mes de julio cayeron asesinados 6: el día 24, don Antonio Torrero y don Enrique Canut, de la comunidad salesiana de “El Castillo”; y el día 28, don Miguel Molina, de la comunidad del colegio Sagrado Corazón también, junto con don Pablo Caballero, don Juan Luis Hernández y don Honorio Hernández, de la comunidad de las escuelas de Santa Teresa. El séptimo mártir salesiano de Ronda, don Antonio Mohedano, director, en 1936, de las escuelas populares de Santa Teresa, murió el 2 de agosto.

Veamos a continuación algunos datos biográficos más de estas siete víctimas salesianas de la revolución en Ronda al comienzo de la Guerra civil de 1936, así como las circunstancias de su persecución y de sus muertes violentas. 

Antonio Torrero Luque

Antonio Enrique Canut Isús

Miguel Molina De La Torre

Pablo Caballero López

Honorio Hernández Martín

Juan Luis Hernández Medina

Antonio Mohedano Larriva

 

Sevilla

Aunque Sevilla fue una de las primeras ciudades en las que triunfó el alzamiento militar del 18 de julio, sin embargo, el control efectivo de la capital hispalense por parte de los sublevados no se efectuó de inmediato. Durante algunos días después 18 de julio, al menos, todavía permanecieron instalados en diversos barrios de la ciudad andaluza grupos de milicianos revolucionarios descontrolados que campearon a sus anchas.

Uno de esos barrios fue, precisamente, el de las escuelas Salesianas de la Santísima Trinidad, atendidas, entonces, por una comunidad formada por 29 salesianos: 13 presbíteros, 3 clérigos y 13 coadjutores. La casa era, además, sede del inspector de la Bética.

El colegio tenía unos setenta internos artesanos repartidos en siete especialidades y un centenar de internos estudiantes, que en las clases se reunían con unos 300 externos. En el oratorio festivo participaban, además, unos 450 chicos del barrio.

Durante los días de control del barrio de la Trinidad por parte de los revolucionarios, las escuelas salesianas se vieron, por supuesto, atacadas, aunque sin mayores  consecuencias para salesianos y alumnos. El día 19 de julio por la tarde, concretamente, un grupo de milicianos se situó en las inmediaciones del edificio con intenciones de asaltarlo. No lo pudieron hacer, aunque prendieron fuego al taller de carpintería por unas ventanas externas, que los salesianos lograron extinguir. Los que salieron fueron todos cacheados, pero no pasó nada. Sería al día siguiente, 20 de julio, cuando, estando fuera del colegio, los revolucionarios que merodeaban por el barrio, acabarían con la vida de uno de los salesianos de la comunidad, don Antonio Fernández Camacho, de Lucena (Córdoba), la única víctima salesiana de la persecución religiosa en Sevilla. A la narración de algunos detalles de su muerte violenta, dedicamos las líneas que siguen de este trabajo.     

Antonio Fernández Camacho

 

Morón de la Frontera

La casa Salesiana de Morón de la Frontera (localidad de la provincia de Sevilla situada a 60 kilómetros de la capital hispalense) fue fundada en 1929. En 1936 era una escuela primaria para unos 250 alumnos externos, junto con la iglesia y el oratorio festivo. A todo atendía una pequeña comunidad de cinco salesianos: 3 presbíteros, un clérigo y un coadjutor. A éstos se añadió ese verano de 1936, el estudiante de teología Rafael Infante, que había acabado segundo curso en Carabanchel Alto (Madrid) y que sería testigo partícipe de la cárcel y martirio de los salesianos en Morón de la Frontera.

  De los seis salesianos que había en la casa Salesiana de Morón de la Frontera, en julio de 1936, perdieron la vida, por causa de su fe, dos de ellos: el director, don José Limón, de la localidad sevillana de Villanueva del Ariscal, y el coadjutor de Souto-San Bartolomé de Ganade (Orense), don José Blanco. Los otros cuatro salesianos eran: don Luis Hernández Ledesma, don Mariano Subirón López, don José María Márquez y don Rafael Infante. Los cuatro pudieron salvar su vida. Don Luis Hernández y don José María Márquez, estaban ausentes de Morón en esos días y don Mariano Subirón, logró huir cuando, el día 19 de julio, los milicianos asaltaron el colegio. Don Rafael Infante, por su parte, fue, como sabemos, compañero de cárcel de don José Limón y don José Blanco e, igual que ellos dos, él también fue fusilado en la plaza del Ayuntamiento. Junto con don José Limón y otros fusilados en dicha plaza, lo trasladaron en el mismo camión hasta el cementerio. Pero, aunque, al llegar allí, los milicianos lo consideraron muerto, seguía, aún sus graves heridas, con vida todavía. Por eso, según el mismo don Rafael narró después, pudo huir del cementerio a las once de la noche del día 21 de julio, “llegando a Sevilla –se lee en la Positio- la mañana del 25 tras vagar tres días por los campos”.

Los cuerpos de los dos salesianos asesinados: don José Limón y don José Blanco, fueron enterrados, un día después de su muerte, en una fosa común del cementerio de Morón de la Frontera. Allí permanecieron hasta que los trasladaron al atrio de la iglesia de María Auxiliadora del colegio salesiano de la mencionada localidad sevillana, donde reposan actualmente. De ambos, ofrecemos, seguidamente, sus datos biográficos principales junto con algunas circunstancias más personales de su muerte martirial.      

José Limón y Limón

José Blanco Salgado

  

Málaga

Tras unos pocos meses de actividad en situación precaria en 1883, los Salesianos se marcharon de Málaga, pero volvieron a la ciudad en 1894, con un oratorio festivo. Tres años después (1897) regresaron a las Escuelas de San Bartolomé, donde, precisamente, ya habían estado en 1883. En 1936, se atendía en San Bartolomé a un buen número de jóvenes: casi 400 externos, 115 internos estudiantes y 40 internos de formación profesional. Había, además, iglesia pública y se educaba a unos 500 jóvenes en el oratorio festivo.

 La comunidad salesiana de Málaga contaba en 1936 con 14 salesianos: 7 presbíteros, 5 coadjutores y 2 clérigos trienales. En verano se había añadido un estudiante de teología, don Antonio Ureña. De los 15 salesianos fueron asesinados nueve: 6 presbíteros: Francisco Míguez, Manuel Fernández Ferro, Félix Paco Escartín, Manuel Gómez Contioso, Antonio Pancorbo y Vicente Reyes, de Corvillón (Orense), Paradiñas (Orense) Adahuesca (Huesca), Moguer (Huelva), Málaga y Sevilla, respectivamente; y 3 coadjutores: Tomás Alonso Sanjuán, de la localidad salmantina de Vitigudino, Esteban García, de El Manzano (Salamanca) y Rafael Rodríguez Mesa, de la malagueña ciudad de Ronda. Los demás salesianos  lograron salvarse. Los clérigos Juan Martín y José Canal Míguez salvaron sus vidas al estar haciendo ejercicios espirituales en San José del Valle (Cádiz); el coadjutor Manuel Prieto, al ser ciego, no llegó a entrar siquiera al calabozo del cuartel de Capuchinos; Serafín Rodríguez pudo salir de la prisión el día 23 de julio antes de que llegara la contraorden, refugiándose en la fonda de una familia amiga hasta el día de su liberación en febrero de 1937, y Adolfo Inarejos logró escapar de la prisión, antes del fatídico 24 de septiembre, haciéndose pasar por un preso común. El estudiante de teología  Antonio Ureña, por su parte, con la ayuda de un joven miliciano, que no conocía, de nombre Rafael Chamizo, pudo salir de la prisión el día 8 de septiembre.  

Cuando el 21 de julio fue asaltado el colegio, permanecían todavía en San Bartolomé, unos 40 alumnos huérfanos que no habían sido retirados por sus familiares, 2 maestros seglares y 4 empleados que vivían prácticamente con la comunidad. Junto con los salesianos, aunque por separado, a estos alumnos, maestros y empleados los condujeron, igualmente, al cercano cuartel de Capuchinos, pero quedaron libres pronto: los alumnos, el mismo día 21, uno de los maestros y tres empleados, el día 23.

Son los ocho salesianos martirizados en Málaga en 1936.    

Francisco Míguez Fernández

Manuel Fernández Ferro

Félix Paco Escartín

Tomás Alonso Sanjuán

Manuel Gómez Contioso

Antonio Pancorbo López

Esteban García García

Rafael Rodríguez Mesa

  

Pozoblanco

Cuando, en julio de 1936, comenzó la Guerra civil, los Salesianos llevaban apenas seis años en  Pozoblanco, un pueblo de la sierra cordobesa al que habían llegado en 1930 para poner en marcha unas escuelas populares y el oratorio festivo.

En esta población cordobesa, a 84 kilómetros al norte de la capital, se dio el caso –único en la zona- de que la Guardia civil local se unió al levantamiento militar del 18 de julio, tomó el Ayuntamiento y consiguió que, al día siguiente del alzamiento, todos los que en el pueblo se relacionaban con el Frente Popular huyeran de allí. Pero esta situación solamente duró hasta la madrugada del 15 de agosto de 1936. Este día, una columna de militares republicanos, junto con milicias populares pozoalbenses formadas fuera de la localidad tras la huída del 19 de julio, entraron de nuevo en Pozoblanco y lo devolvieron a la República.   

Antes, tras algunos tira y afloja, la Guardia civil, queriendo evitar la carnicería que se hubiera producido de empeñarse en la defensa de la localidad, sensatamente se avino a firmar un pacto con los que se aproximaban a recuperar Pozoblanco. El pacto incluía una cláusula que las milicias populares pozoalbenses, exclusivamente, no cumplieron de ninguna manera: el respeto de todas las vidas. 

 En julio de 1936, la comunidad salesiana de Pozoblanco estaba formada por tres salesianos: don Antonio do Muiño, don Baldomero Pagán y don Antonio Sánchez. A éstos, se habían unido, para el verano, dos salesianos más: don Claudio Sánchez y don Luis Parrondo. Ninguno de ellos fue asesinado pero todos fueron, sin duda, perseguidos por su condición de religiosos. En efecto, luego de la rendición de Pozoblanco el día 15 de agosto de 1936, los salesianos consideraron más seguro dejar el colegio y refugiarse en casas particulares o en hoteles. Pronto se vieron juntos de nuevo, aunque, ahora, en la cárcel del pueblo donde, un mes después, jueces venidos desde Jaén, empezaron a juzgarlos. Fue, sin embargo, tanta la presión que las milicias populares pozoalbenses ejercieron sobre esos jueces que éstos decidieron no volver más y consiguieron que trasladaran a todos presos a la cárcel de Jaén, donde, finalmente, y con más tranquilidad, sí que pudieron juzgarlos y condenarlos. Excepto a don Claudio, a quien dejaron libre, a los otros cuatro salesianos los condenaron a diversas penas que cumplirán en cárceles y cuarteles republicanos de Totana (Murcia), Valencia y Paterna, hasta su liberación al finalizar la guerra.

 Quienes, por desgracia, no verían este final feliz fueron tres cooperadores salesianos de Pozoblanco: el presbítero don Antonio Rodríguez Blanco y los seglares doña Teresa Cejudo y Bartolomé Blanco. Son los mártires de la Familia Salesiana de dicha localidad cordobesa a los que nos referiremos a continuación. 

 Los restos mortales de los tres mártires reposan en el cementerio de Pozoblanco.

Antonio Rodríguez Blanco

Teresa Cejudo Redondo

Bartolomé Blanco Márquez