Teresa Cejudo Redondo, cooperadora salesiana

Una extraordinaria mujer que sufrió la persecución y el martirio en 1936 por su condición de católica, fue doña Teresa Cejudo, madre de familia nacida en Pozoblanco, el 15 de octubre de 1890. Cuando la asesinaron tenía por tanto 46 años. En 1925 se casó con el arquitecto Juan Bautista Caballero, conociéndosela por eso en el pueblo como “la arquitecta”. Su marido sería también asesinado en 1936.

Doña Teresa destacaba por ser animadora de todas las obras buenas de la ciudad. Propagandista católica muy activa y mujer ejemplar como hija, esposa y madre. Era secretaria de la Asociación de María Auxiliadora de Pozoblanco y de las Mujeres de Acción Católica, además de presidenta de las Conferencias de San Vicente de Paúl y de las Marías de los Sagrarios. Demostraba una devoción eucarística poco común y figuró entre las más activas cooperadoras salesianas.

Procuró encajar la persecución con espíritu de fe, ofreciéndose como víctima por la salvación de España. Detenida y encarcelada el 22 de agosto de 1936, nada significaron para ella los rigores y duras incomodidades de la prisión, que disimulaba por espíritu de sacrificio y por calmar la angustia de sus hermanas y de su hija, que acudían a visitarla.

El 16 de septiembre fue juzgada con 21 inculpados más. De los 22, 18 fueron condenados a muerte. A doña Teresa la acusaron por sus prácticas de piedad y por hacer –decían- propaganda política en contra de las ideas marxistas. Su respuesta fue: “No ha sido por defender el capital, sino la ley de Jesucristo”. Nunca negó en el juicio ser católica. Cuando fue condenada a muerte, el numeroso público asistente comenzó a gritar y a aplaudir. Al oír la sentencia, dijo muy tranquila: “Esto lo esperábamos nosotros. Nos reclama Jesucristo y nos vamos con él, que estaremos mejor que aquí entre esta familia”.

“¡Perdonad...,y hasta el cielo!”, fueron las únicas palabras que le arrancaron, cuando salió camino de la muerte, entre las lágrimas de dos de sus hermanas y de su hija.

En un camión fue conducida al cementerio en compañía de los otros 17 condenados. Con ellos fue fusilada el 20 de septiembre a las seis de la mañana. Pidió ser la última en morir para dar ánimo a todos ante el martirio. Quisieron vendarle los ojos, pero se negó porque no temía a la muerte. “¡Os perdono, hermanos!, ¡Viva Cristo Rey!”, fueron sus última palabras.