Félix Paco Escartín, salesiano presbítero

A los 68 años, era el “abuelo” de la comunidad salesiana malagueña y el asiduo confesor, cuando comenzó la revolución y arreció la persecución, que haría que su entregada y fecunda vida, con el martirio colmara su ser de “sacerdote, víctima y altar”. Don Félix había nacido en la localidad oscense de Adahuesca, el 21 de febrero de 1867. A los 25 años, ingresó en la casa de Sarriá, Barcelona, donde, diez meses después, inició el noviciado, que culminó con la profesión perpetua en 1894. Fue ordenado presbítero en Sevilla en 1899.

En sus 36 años de ministerio sacerdotal experimentó numerosos cambios de casa. Estuvo en Écija, Utrera, Ronda-Santa Teresa, Montilla (por dos veces), Sevilla- Santísima Trinidad (por tres veces), Valencia, Barcelona-Rocafort, Baracaldo, Cádiz, Carmona (por dos veces), Alcalá de Guadaira, Sevilla-San Benito de Calatrava, desempeñando los cargos de prefecto, catequista, consejero y, sobre todo, confesor. Las breves estancias en Málaga las escalonó: año 1907 como prefecto, año 1913 como confesor, misión que al ser destinado por tercera vez en 1935, ejercerá hasta “confesar a Cristo con su vida”.

Don Félix Paco, en efecto, siguió la misma suerte de sus dos hermanos salesianos don Vicente Reyes y don Tomás Alonso. Al atardecer del 30 de agosto de 1936 la aviación franquista volvió a bombardear la ciudad de Málaga y una multitud, furiosa, invadió seguidamente la cárcel. La meta preferida fue el dormitorio o “brigada de los curas”. En el elenco de esta horrible saca don Félix ocupaba el número 55.

El salesiano y testigo ocular don Antonio Ureña, relata: “Lo vi (a las tres de la madrugada del día 31 de agosto) cuando salían para ser fusilados: su rostro estaba sereno. Poco después escuchamos, en la misma prisión, los disparos de la ejecución, realizada en un lugar cercano, llamado “Camino de la Pellejera”.

En los días de su cautiverio, don Félix destacó  por la exquisita caridad con que consolaba a todos en aquellas horas amargas, animándolos con la esperanza del cielo e impartiendo la absolución cuantas veces  se le solicitaba.