Antonio Mohedano Larriva, salesiano presbítero

Era, al ser perseguido y recibir el martirio por ser religioso, el director de las escuelas salesianas de Santa Teresa de Ronda. Será el último de los salesianos de allí en ofrendar su vida por Cristo.

Don Antonio había nacido en Córdoba el 14 de septiembre de 1894. Desde 1904 frecuentó las escuelas salesianas de la ciudad. Allí germinó la vocación salesiana, siendo a sus quince años admitido en el aspirantado de Écija (Sevilla).

Hizo el noviciado en San José del Valle (Cádiz), culminado en 1914 con la profesión religiosa. Fue ordenado presbítero en Málaga en 1925. Las escuelas de Santa Teresa en Ronda cosecharon desde los primeros hasta los últimos frutos de su sacerdocio, como catequista durante ocho años (1925-1933) y como director desde 1933 hasta su muerte en 1936.

Según se ha narrado ya, los milicianos se llevaron a la pensión Progreso, a don Pablo Caballero, al subdiácono Honorio Hernández y al clérigo Juan Luis Hernández, los tres, salesianos de la comunidad de Ronda-Santa Teresa. Mientras, el director, don Antonio Mohedano, se refugió sucesivamente en una casita junto al huerto de las escuelas, en el hogar de un antiguo alumno, en la pensión Progreso y, tras el asesinato de los salesianos de su comunidad que se acaban de mencionar, en casa de doña Ana Cabrera, hermana del sacerdote y beneficiado don Juan Cabrera. Allí fueron a buscarle el 2 de agosto.

Se hallaba en el último piso. Cuando se acercaban a su escondite, salió a su encuentro. Fue reconocido por varios: -“Yo te he dado clase”, dijo al primero que acudió a prenderlo.- “Esto ya pasó”, contestó.- “¡Oh! Si estuvieran aquí mis alumnos”, repetía don Antonio mientras le ataban las muñecas con alambres fuertes y cortantes. –“Yo soy uno de ellos”, replicó el que lo ataba,- “¿Y qué?”. El mismo testigo recuerda haberlo visto pasar por la calle Armiñan, rodeado por ocho o diez que lo insultaban; uno de ellos era antiguo alumno. Llevaba las manos atrás, atadas con alambre que le hacían sangrar. Él no respondía. Iba muy tranquilo, dueño de sus actos y despidiéndose de los conocidos que encontraba al pasar.

Don Antonio fue asesinado a las puertas del cementerio de San Lorenzo en Ronda. Un sinfín de testimonios aseguraron haber oído a algunos de los verdugos, comentando horas más tarde la enormidad de su crimen: “¡Qué brutos hemos sido! Matar nada menos que a don Antonio Mohedano!“.