José Limón y Limón, salesiano presbítero

El director de la casa salesiana de Morón de la Frontera en julio de 1936, don José Limón, nació en Villanueva del Ariscal, Sevilla, el 27 de diciembre de 1892. Hizo el aspirantado en las casas de Sevilla- Santísima Trinidad y Écija (Sevilla). Profesó como salesiano en San José del Valle (Cádiz) en 1912 y fue ordenado presbítero en Pamplona en 1919.

Los primeros cuatro años de su sacerdocio estuvo en Utrera y los cuatro siguientes en Cádiz como catequista de los aspirantes. De 1927 a 1930 dirigió la casa de Carmona, y, tras un trienio como párroco y confesor de los novicios en San José del Valle, dirigió la casa de Arcos de la Frontera (Cádiz), pasando en septiembre de 1935 a dirigir la de Morón de la Frontera (Sevilla), donde le sorprendió la revolución.

Su testimonio martirial, lo recogió, como ya sabemos, don Rafael Infante, entonces, estudiante de teología destinado en Morón durante el verano, y salvado milagrosamente de la muerte. Don Rafael es el testigo excepcional que narra y vive el itinerario del vía crucis martirial de don José Limón.

A las diez de la mañana del día 19 de julio, se presentó en el colegio un grupo de milicianos dispuestos a registrarlo. El director soportó pacientemente sus vejaciones y las repetidas amenazas de fusilamiento.

Terminado el registro, don José Limón, don Rafael Infante y el coadjutor don José Blanco, fueron llevados a la cárcel con las manos atadas. Salieron tal como estaban –el director y don Rafael con sotana, don José Blanco con su traje de fiesta-, recorriendo las calles más concurridas. Ante el Ayuntamiento intentaron fusilarlos por la espalda, pero seis guardias municipales se hicieron cargo de ellos y los metieron en la cárcel.

Al día siguiente, 20 de julio, temiendo que invadieran e incendiaran la cárcel, los guardias civiles consiguieron que los encarcelados pasaran a su cercano cuartel, donde comenzó una resistencia heroica. El cuartel ardía por varias partes. Un grupo de asediados acudió entonces a don José Limón para confesarse, a lo que accedió de buen grado.

Al amanecer del día 21 de julio, desde la casa de enfrente incendiaron la puerta del cuartel. Al ver que las llamas invadían los locales, el teniente, después de hablar con los incendiarios, ordenó salir a las mujeres y niños. Al indicarle también a los salesianos que salieran, don Rafael Infante empezó a quitarse la sotana. Entonces le dijo don José Limón: “Nos conocerán igualmente. Y si hay que morir, mejor con la sotana puesta”. Salieron, pues, a la calle, manos en alto. Les cachearon y les mandaron avanzar hacia la plaza del Ayuntamiento. Fue cuando vieron a más de 20 hombres parapetados en los balcones. Enseguida se oyó una descarga cerrada y, luego, nuevos disparos antes de que todos yacieran en el suelo. Eran las siete y media de la tarde del día 21 de julio.   

Una hora después, arrastraron a las víctimas y las amontonaron en la caja de un camión. A don José Limón le volvieron a disparar allí. Don Rafael Infante, gravemente herido también, pudo seguir de cerca su agonía. Oyó sus ¡ayes! entremezclados con palabras de perdón: “¡Jesús, misericordia! ¡Perdón, Señor!” Tras recorrer el camión todo el paseo, dejaron en el suelo, junto al último farol, las once víctimas. Don José Limón, arrojado de un golpe, dejó escapar un débil ¡ay!, último suspiro truncado por una nueva descarga que acabó con su existencia. Así, vestido con sotana, coronó su vida este mártir, cuyo único delito fue el ser sacerdote y educador salesiano.