Antonio Rodríguez Blanco, presbítero cooperador

El primero de los mártires del grupo de Pozoblanco, es, como ya se ha dicho, el sacerdote y arcipreste don Antonio Rodríguez Blanco, nacido en Pedroche, Córdoba, el 26 de marzo de 1877. Sus padres le proporcionaron una cuidada educación cristiana desde la infancia, que continuó cuando, finalizados los estudios primarios, le enviaron a estudiar al colegio salesiano de Utrera, Sevilla. A su regreso de Utrera, con 15 años, solicitó ingresar en el seminario cordobés de San Pelagio. Alternó los estudios eclesiásticos con los civiles en las universidades de Sevilla y Granada, y, durante un año, fue también maestro de primera enseñanza en el colegio salesiano de Utrera. Recibió el presbiterado en 1901.

Recién ordenado fue nombrado capellán de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, de Córdoba, mientras ejercía como profesor del seminario diocesano. Obtenida en 1902 la licenciatura en Teología, pasó a su pueblo natal donde ejerció de confesor extraordinario de las religiosas Concepcionistas, hasta que, poco después, fue nombrado cura ecónomo de la parroquia del Salvador, de Pedroche, cargo que desempeñó hasta 1903 en que volvió al seminario como profesor. En 1905, fue destinado como cura ecónomo a la parroquia de Santa Catalina de Pozoblanco, y, cinco años después, previas oposiciones, pasó a ser cura propio de la misma iglesia.

Don Antonio Rodríguez, que no estaba entre las personas comprometidas con la defensa de Pozoblanco para el ejército sublevado, a las que se les proporcionaron dos trenes para salir del pueblo, “fue detenido por los milicianos en la mañana del día siguiente a la rendición de Pozoblanco, el 16 de agosto, en casa de sus primas, sobrinas del obispo Pozuelo. Allí estaba vestido de seglar en contra de su voluntad. Reclamó la sotana para ponérsela, pero los milicianos no se lo consintieron. A sus sobrinas, que se habían venido desde Pedroche a refugiarse en casa de su tío, en Pozoblanco y que, al ser detenido le dijeron: “Por Dios, tío, que no te maten, que no tenemos más que a usted”, les respondió: “Desde el cielo os podré ayudar más”.

En el camino hacia el cementerio se encontró con una niña que le besó la mano y también con un monaguillo de la parroquia que le abrazó. Durante el trayecto fue maltratado e injuriado por los milicianos. Al llegar al cementerio suplicó que le dejaran orar un momento. Se recogió, pues, unos instantes y después pronunció estas palabras: “Estoy a vuestra disposición. Que Dios os perdone como yo os perdono”. Se ofreció a los verdugos, pidiéndoles que lo dejaran morir abrazado a la cruz que preside en el centro del cementerio”.