Antonio Fernández Camacho, salesiano presbítero

Don Antonio Fernández Camacho es el protomártir salesiano y uno de los primeros sacerdotes asesinados en la Guerra civil de 1936-1939. Había nacido en Lucena, Córdoba, el 22 de octubre de 1892. Siendo alumno en las escuelas salesianas de la Santísima Trinidad de Sevilla, se sintió cautivado por el espíritu de san Juan Bosco, y allí mismo hizo el aspirantado y el noviciado, que culminó con la profesión religiosa en 1909. La ordenación presbiteral la recibió en Sevilla en 1917.

A excepción del sexenio transcurrido entre Utrera, Ronda y Alcalá de Guadaira, alternando los cargos de catequista y consejero con la entrega a la docencia, don Antonio estuvo siempre en la casa de la Santísima Trinidad de Sevilla, ciudad en la que fue asesinado el 20 de julio de 1936.

A primera hora de la tarde del día 19 de julio, don Antonio salió del colegio, vestido de paisano y acompañado por un estudiante interno, testigo determinante en el proceso. Dada la poca seguridad que ofrecía el barrio, especialmente durante la noche, pernoctó en la pensión de los parientes de unos antiguos alumnos suyos. A la mañana siguiente, 20 de julio, tras celebrar la misa fue a visitar a los familiares de otro antiguo alumno y a su anciana madre, que, temporalmente, residía en la casa de las Hijas de María Auxiliadora, de la calle Castellar.

Terminada la visita, don Antonio y el alumno interno que le acompañaba, se encaminaron hacia la plaza de San Marcos, para volver al colegio de la Trinidad. Al llegar a dicha plaza, fueron sorprendidos por una barricada de milicianos. Don Antonio intentó volverse pero un miliciano le obligó a proseguir adelante, pidiéndole la documentación: “La he dejado en casa”, respondió haciendo ver la cartera vacía. “¿No sabes que en estos tiempos no se puede andar indocumentado?”, le respondió el miliciano mientras le cacheaba. De uno de los bolsillos le sacó un reloj, de cuya cadena pendía un crucifijo. “Entonces, ¿tú crees en esto?”, le preguntó.

Don Antonio permaneció callado con la cabeza baja. “Si éste es un cura que veo pasar por aquí con frecuencia”, exclamó el miliciano que lo había cacheado. Y sin más, otro miliciano le disparó tres o cuatro veces, hiriéndole en el costado derecho. Don Antonio cayó a tierra, solicitando ayuda, momento que el alumno que le acompañaba aprovechó para correr al colegio de la Santísima Trinidad y referir a los salesianos lo sucedido.

Otro testigo, que vio todo desde la ventana de su casa, oyó decir a don Antonio: “Por favor, llevadme a la casa de urgencias porque me muero”. Pensaron hacerlo, pero uno se opuso por temor a ser descubiertos y optaron por arrastrarlo entre varios hacia la calle San Luis. Y, entre el número 7 y 9 –declaró una tercera testigo-, lo sentaron bajo mis ventanas con el cuerpo encorvado. Al abrirle el cuello de la camisa y ver el crucifijo y el escapulario, uno de los milicianos dijo al otro: “¿No te das cuenta que es un fascista?” Y a bocajarro, le dispararon. Murió desangrado.

 Su cuerpo sin vida no se encontró. Ha quedado la convicción, avalada por algunas confidencias en el proceso, que fue arrojado a los rescoldos, aún candentes, de la incendiada iglesia de San Marcos o de Santa Marina.