Antonio Torrero Luque, salesiano presbítero

La lista de mártires de la Inspectoría Bética de María Auxiliadora con sede en Sevilla, la encabezaba don Antonio Torrero, director del colegio Sagrado Corazón de Ronda. Don Antonio nació en el pueblo cordobés de Villafranca, el 9 de octubre de 1888. Su párroco vio en él cualidades para ser salesiano y consiguió que lo admitieran como aspirante en el colegio de Córdoba, el 16 de enero de 1902. Un año después, pasó a la casa de Sevilla-Santísima Trinidad. Hizo el noviciado en Carabanchel Alto, donde profesó como salesiano en 1907. Recibió el presbiterado en 1913.

 Como catequista o animador espiritual de los alumnos internos, don Antonio estuvo destinado en las casas de Écija, San José del Valle, Alcalá de Guadaira, Utrera y Cádiz. Dirigió la casa de Alcalá de Guadaira de 1927 a 1934, año en que pasó a dirigir la de Ronda-Sagrado Corazón (“El Castillo”). Allí estaba cuando sufrió la persecución y recibió el martirio.

 El 24 de julio de 1936 fue el día señalado por el Señor para la suprema prueba. Don Antonio Torrero y don Enrique Canut estaban refugiados en casa del cooperador salesiano, don José Furest desde que, en las primeras horas de la tarde del día 24 de julio, los habían expulsado del colegio junto con los demás salesianos de la comunidad.  

 Al anochecer del mismo día 24, varios milicianos se presentaron en casa de la familia Furest, reclamando a los dos salesianos. “¿Dónde están los curas?”, dijeron al entrar. Tras prometer que no les pasaría nada malo, se los llevaron por la carretera que conduce al barrio de San Francisco. Don Antonio, con parálisis, y don Enrique, anciano y casi ciego, caminaron por una larga y accidentada cuesta. Los dos cayeron varias veces. Llegados al Huerto del Gomel, les ataron con alambre las manos y, seguidamente, los asesinaron entre peñascos en el lugar llamado Corral de los Potros.

 Don Antonio, al despedirse del director del aspirantado de Montilla, don Florencio Sánchez, que, según sabemos ya, pasaba en Ronda el verano con los aspirantes, le comentó: “Si a mí me ocurre algo, que Manolito –su sobrino aspirante que estaba allí- no escriba nada a mis padres. Son tan ancianos...Adiós”. No hizo falta, pues a los pocos días del asesinato de don Antonio en Ronda, en Villafranca de Córdoba, a sus setenta y un años, era asesinado también su padre por el sólo motivo de tener un hijo sacerdote.