Enrique Sáiz Aparicio, salesiano presbítero

Como ya se sabe, don Enrique Saiz Aparicio, es quien encabeza la lista de mártires salesianos de la antigua Inspectoría Céltica (actuales de Madrid, León y Bilbao). Quien encabeza también la lista general de los 63 mártires salesianos españoles de la Guerra civil (1936-1939) que ahora son beatificados, nació en Ubierna, Burgos, el 1 de diciembre de 1889. Primero estuvo como aspirante en la casa salesiana de Gerona y luego pasó a la de Sarriá, Barcelona, para hacer el noviciado. Allí profesó como salesiano en 1909. Fue ordenado presbítero en Salamanca en 1918.

 Estrenó su sacerdocio en el colegio de la capital salmantina, donde fue consejero escolástico durante cuatro años y, después, catequista. De 1923 a 1925 estuvo destinado en Carabanchel Alto, con el cargo de consejero. Los años siguientes fue director del mismo Carabanchel, de la Casa inspectorial de Madrid-Atocha y, desde 1934, por segunda vez, de Carabanchel Alto de nuevo. Aquí se encontraba cuando, tras el alzamiento militar del 18 de julio, arreció la persecución religiosa.

 Al salir por segunda vez de la Dirección General de Seguridad, donde, como se ha narrado más arriba, los salesianos que estaban refugiados en la pensión Loyola, habían sido llevados tras su detención, don Enrique parece ser que siguió todavía un tiempo más en la pensión Loyola, de la calle Montera, 10, hasta que pasó a la Vascoleonesa, de la calle Puebla, 17. En ésta se encontraban ya don Juan Codera y don Pablo Gracia, coadjutores, y el aspirante Tomás Gil. En la pensión Nofuentes, del mismo inmueble, estaban, por otro lado, refugiados el estudiante de teología Carmelo Pérez, y el aspirante Higinio de Mata, de la casa de Carabanchel, además de Juan de Mata Díez, primo del anterior, que trabajaba en la casa de Madrid-Atocha, y don Pedro Artolozaga, clérigo del colegio salesiano María Auxiliadora de Salamanca, que había sido destinado a Carabanchel Alto, donde, al acabarse el verano, empezaría los estudios teológicos.

 Desde la pensión Vascoleonesa, don Enrique Saiz hacía de superior, procurando estar al tanto de cuando sucedía, dirigiendo, aconsejando y ayudando a los hermanos que le acompañaban o venían a visitarle.

 Entre ellos se logró crear un extraordinario ambiente espiritual en pleno centro de Madrid. Todos sabían que su refugio era, con casi completa seguridad, una sala de espera para la muerte. Tres días antes de su prendimiento definitivo antes del martirio, don Enrique decía a una religiosa acogida también en la pensión Nofuentes: “Tenemos que prepararnos, pues nuestro martirio es certísimo”. 

 Efectivamente. Detenido el día 2 de octubre por la mañana, le condujeron al convento de San Plácido, convertido en ateneo libertario. No se sabe dónde pasó el resto del día, aunque probablemente estuviera en la checa de Fomento. Allí habían sido llevados también algunos de los salesianos que estaban refugiados en la pensión Nofuentes, detenidos el día anterior. Uno de ellos, don Pedro Artolozaga, ya cadáver, llevaba puestos unos zapatos que pertenecían a don Enrique. Estuviera o no en Fomento, lo que sí se sabe es que, debido a su conocida condición de sacerdote, unos milicianos le dieron muerte el mismo día 2 de octubre por la noche, en el término municipal de Vallecas, actual calle Méndez Álvaro.