José Caselles Moncho, salesiano presbítero

Nació en Benidolcig, provincia de Alicante y diócesis de Valencia, el 8 de agosto de 1907. Alumno de los salesianos de la capital valenciana, José hizo la profesión religiosa en 1927 y, después de cursar cuatro años de teo­logía en Madrid-Carabanchel, fue ordenado sacerdote el 21 de mayo de 1936. Celebró su primera misa solemne el 11 de junio en la iglesia parro­quial de San Antonio Abad, de Valencia, aneja, como sabemos, al colegio salesiano.

Envuelto en estos fervores sacerdotales, José tuvo que afrontar la difí­cil coyuntura de la revolución de julio. Se hallaba entonces adscrito a la comunidad del Tibidabo, con el fin de colaborar en los quehaceres ordina­rios del período estival.

El lunes 27 de julio, ya tenía en regla los papeles de los muchachos que aún debían partir en dirección a sus pueblos de origen. Acompañando a tres de ellos —que eran de la provincia de Tarragona— bajó a la Ciudad Condal. Eran las siete de la tarde y el tren, en el cual debían viajar los cua­tro salía a las diez. Dejó, por unos instantes, a los chicos en la portería del inmueble donde vivía doña Dolores Obiols Viñoles, tía de los salesianos Tomás, Pablo y Luis Baraut Obiols. Y subió a saludar a la señora y a don Pablo.

Fue el momento preciso en que pasó una patrulla de milicianos, quie­nes detuvieron a los chavales. «Enterado del incidente —atestigua don Pablo Baraut—, Caselles no quiso abandonarlos, a pesar de que nosotros le advertíamos del peligro en que se metía. Bajó de nuevo a la calle y siguió al grupo, siendo arrestado por los mismos milicianos que habían detenido a los chicos». Eran ya, más o menos, las diez y media de la noche. Los milicianos iban armados y el padre Caselles no opuso resistencia alguna. Su cadáver ingresó en el Hospital Clínico de Barcelona ese mismo día, a las 24 horas.

Hizo bien la señora Obiols Vínoles al insistir, durante el proceso canónico, en la conciencia que tenía el salesiano en aquel momento: «Que aquellos muchachos estaban bajo su responsabilidad y que debía cuidarlos». Y estaba convencida de que los verdugos asesinaban a los sacerdotes y religiosos «única y exclusivamente» por serlo, ya que les había oído decir frases como ésta: «Tenemos que matar a todos los curas; no debe quedar ni uno». Según ella —maestra nacional— «has­ta los niños decían esto, quienes, a su vez, lo oían en sus casas».