Josep Bonet Nadal, salesiano presbítero

Nació en Santa María de Montmagastrell, provincia de Lleida y dióce­sis de la Seu d'Urgell, el 25 de diciembre de 1875. Conoció a los salesianos a través del Boletín Salesiano, en el cual había un artículo que trataba de Don Bosco y la juventud. «Fue tanto lo que me gustó aquella lectura —confesaba en 1902—, que desde aquel día tomé la resolución de entrar cuanto antes en la Congregación Salesiana».

Salesiano en 1897 y sacerdote en 1904. Intensa vida salesiana especialmente en tierras de Andalucía, hasta que, en 1930, se incorpora a la comu­nidad de Barcelona-Rocafort: tiene el título de confesor y encargado de los Cooperadores. Josep Bonet es un salesiano piadoso, trabajador, de exce­lente trato.

Uno de los primeros días de la revolución, acudió a casa de doña Tri­nidad Puncernau Viladot pidiendo alojamiento. La señora Puncernau estaba emparentada con el salesiano y era viuda. Según ella, «durante aquel período de tiempo —un mes— se dedicaba a las prácticas de piedad y a la oración; su actitud [...] era de una cierta impaciencia por aquel esta­do de cosas, pero no protestaba, ni perdía la serenidad ni su presencia de ánimo».

Un día —el 13 de agosto—, se presentaron en el domicilio de doña Tri­nidad unos diez milicianos. Sabían a qué venían. Le obligaron a que sacara del escondite al padre Bonet, que no se arredró para nada. «Desabrochán­dose la chaqueta y mostrándoles el crucifijo que llevaba colgando, dijo: 'Soy de Dios'. Entonces de un golpe le arrancaron el crucifijo, diciendo 'Para metralla' [...]. Tengo la certeza —añade la señora Puncernau, testigo presencial— de que la detención y muerte del padre Bonet tuvieron como única causa su condición de sacerdote». A continuación, los milicianos registraron todo el piso y le preguntaron al padre Bonet sobre sus activi­dades: «Yo me dedico —respondió el salesiano— a pedir limosna a los ricos para mantener a los niños pobres». Los milicianos concluyeron: «Este hombre debe venir con nosotros». Doña Trinidad y su hija pidieron una bendición. El padre Bonet las bendijo, y alzando los ojos al cielo, susurró: «Adiós, ya está todo preparado». Estos últimos deta­lles se deben a don Amadeo Burdeus, quien dice haberlos conocido de labios de las dos mujeres.

Los milicianos se llevaron preso al padre Josep Bonet y lo asesina­ron junto al Cementerio Nuevo (El Morrot). A las cinco de la mañana del día 14 de agosto, su cadáver ingresaba en el Hospital Clínico de Barcelona.