Elíseo García García, salesiano laico

Nacido en El Manzano, provincia y diócesis de Salamanca, el 19 de agosto de 1907, en el seno de una familia de agricultores. Siguiendo el ejemplo de su hermano Esteban, quiso ser salesiano y, así, emitió los votos religiosos en 1932. A los tres años, se encontraba en Sant Vicenç deis Horts y, como los demás salesianos, hubo de afrontar la situación creada el 19 de julio en Barcelona.

Antes del mediodía del lunes 20, los salesianos de Sant Vicenç ya se habían enterado de que la vivienda, las escuelas y la iglesia de los salesianos de Barcelona-Rocafort habían sido saqueadas e incendiadas. ¿Cuándo les tocaría a ellos un trance semejante? El pueblo de Sant Vicenç, cayó ense­guida, de hecho, bajo el control de los comités populares. Con todo, el martes 21, el alguacil del Ayuntamiento fijaba en la puerta de la entrada más habitual del seminario un cartel en el cual se declaraba que aquella propiedad quedaba intervenida por el Gobierno de la Generalität de Cata­lunya (por tanto, debía ser respetada por todos).

Los días 22 (miércoles) y 23 (jueves) transcurrieron con relativa calma. Pero, en los dos siguientes, los milicianos se impusieron ya con sus exi­gencias: el sábado 25, fiesta de Santiago, permitieron que se celebrara una misa a primera hora de la mañana, pero ordenaron que, a continuación, se eliminara cualquier signo religioso; y, así, hubo que desmontar la capilla.

Los salesianos y los niños que quedaron en el seminario fueron pasan­do el tiempo sin grandes sobresaltos, aunque también sin alegría y sin libertad. El Sordo, como recadero y hortelano, se desvivió para atenderles lo mejor posible. Mientras tanto, el ex seminario se fue llenando de refu­giados de guerra y fue ocupado por una escuela pública.

El 12 de noviembre llegó la expulsión. A partir de este momento, cada grupo y cada individuo corrió su propia suerte. El señor Planas se quedó, intentando pasar por el colono de la finca; pero ¿se lo permitirían los nue­vos amos?

A este respecto, el señor Juncadella Carcereny, amigo íntimo de Alexandre, hizo esta declaración: «Durante aquel período de tiempo, iba a visitarlo el salesiano laico don Elíseo García, quien le llevaba también al Señor y ciertamente alguna ayuda. Un día —en el cual la cosa funcionó mal, sin duda porque la presencia de don Alejandro fastidiaba a los refugiados—, el Comité de Sant Vicenç detuvo a los dos.

Debió de ser el 19 ó el 20 de noviembre de 1936». Otros detalles seguros no existen. Es de suponer que ambos fueron conducidos, primero, a la sede del Comité y, de allí, según se dijo, a las costas del Garraf, no muy lejos de la ciudad de Barcelona, donde habrían sido ejecutados. No se dio nunca con sus cadáveres.

El mismo Joan Juncadella manifiesta un convencimiento que se había generalizado entre la población vicentina, o sea, que ambos fue­ron asesinados en odio a la religión: «No había otro motivo fuera de éste».