Gil Rodicio Rodicio, salesiano laico

Nació en Requejo, provincia y diócesis de Ourense, el 23 de marzo de 1888. Ingresó en los salesianos de Barcelona-Sarria, de los cuales quedó prendado. Profesó el 1908. En 1921 se encontraba en esta casa como pana­dero. Sencillo, bueno, ejemplar en todo momento, le gustaba hacerse pre­sente entre los alumnos internos.

El martes 21 de julio le produjo la amargura de tener que abandonar la casa y su panadería. Don Alberto Llor Fá le brindó hospedaje: «Mientras estuvo en mi casa, él continuaba haciendo sus prácticas de piedad, con fer­vor y según la costumbre salesiana. Pedía continuamente a Dios que le concediese la gracia del martirio de la manera más cruel, a fin de reparar el daño que estaban haciendo 'los ignorantes malhechores' como él solía lla­mar a los perseguidores».

Toda esta situación cambió radicalmente cuando algunos milicianos se presentaron en el domicilio y se lo llevaron al Comité que funcionaba en el Museo Naval. Era un momento en que el señor Llor estaba ausente de casa. «Llevadme a mí—decía, indefenso, el salesiano—; haced de mí lo que queráis, pero no hagáis nada en esta casa, porque sus dueños no tienen nin­guna culpa». Tal vez hubo de por medio la denuncia de algún antiguo alumno, tal vez el control de la correspondencia epistolar dio la pista a los milicianos de la FAI, que eran los que actuaban en la sede del Museo Naval. Debieron de matarlo enseguida.

El señor Llor tuvo que presentarse también ante el comité de la FAI, porque le consideraba un «fascista» y quería saber si conocía otros «frai­les». Confiesa que había oído «muchas veces» decir a los milicianos frases como ésta: «No ha de quedar ningún fraile, ningún sacerdote, ninguna monja». Por eso concluía que era opinión común que los asesinados «murieron como mártires». «No conozco a nadie —añadía— que haya sostenido que fueron muertos por una razón diversa de la de ser sacerdo­tes o religiosos».