Jaime Ortiz Alzueta, salesiano laico

Nació en Pamplona, provincia de Navarra y diócesis de Pamplona, el 24 de mayo de 1913. Conocemos bien su vida. Si despuntó en él la vocación salesiana no fue precisamente por la permanencia en el colegio salesiano de aquella capital, sino por la experiencia que tuvo en un taller, donde le había colocado el padre. Su hermana Mercedes lo explica así: «Oyendo las con­versaciones que se mantenían allí y observando el ambiente, Jaime llegó a pensar que la cosa más importante era salvar el alma, y que se salvaran tam­bién otras muchas; por esto decidió hacerse salesiano». A partir de este momento (hacia 1928), Jaime dejó las trastadas y veleidades de su época anterior, y se hizo plenamente responsable de sí mismo. En esto consistió la «conversión» del joven Ortiz.

Quedó inscrito entre los salesianos en 1932. Tres años de perfecciona­miento como maestro mecánico en Italia y, para el curso 1935-1936, ya estaba en las Escuelas Profesionales Salesianas de Barcelona-Sarria. Traba­jaba y estudiaba: quería obtener el título de perito industrial (ingeniero téc­nico).

Los tres jóvenes de los que acabamos de hablar eran excelentes salesia­nos, con grandes cualidades y totalmente centrados en su misión educado­ra. Cada uno de ellos podía haber suscrito la carta que Jaime Ortiz escri­bía a sus padres con fecha 8 de mayo de 1936: «Ciertamente estaréis preocupados por lo que pudiera ocurrimos si continuasen las salvajadas de los últimos días [...]. Nosotros seguimos trabajando normalmente, tanto los salesianos como los chicos, con tranquilidad, sin preocuparnos gran cosa por lo que pueda ocurrir. Quiero decir, sin dejarnos abatir por el pesi­mismo [...]. Ya veremos cuándo nos querrá probar el Señor. Mientras tan­to, debemos hacer todo lo posible para que cese de castigarnos. Estad tran­quilos y rezad por nosotros dos [él y su hermana, sor Mercedes] para que amemos un poco más nuestra vocación y contribuyamos, en lo que poda­mos, a la mayor gloria de Cristo Rey».

Una vez arrojados de la casa salesiana, el manes 21 de julio, Jaime Ortiz y Felipe Hernández fueron a parar a la pensión que tenía doña Aurelia Viñas, en la calle Diputación 71, piso 2o. Pasaron unos días más o menos tranquilos. Pero, el lunes 27 de julio, entre las cinco y las seis de la tarde, se presentaron los milicianos. Tal vez, hubo de por medio una denuncia de algún exalumno que conocía a Jaime Ortiz. En aquel momento, llegaba también a esa fonda de la calle Diputación 71, el salesiano Zacarías Abadía acompañado del alumno Mariano Laborda... Los cuatro quedaron detenidos. Según Laborda —que pudo escaparse por la intervención de Zacarías a su favor—, «ellos, sin titubeos, afir­maron con santa arrogancia su condición de salesianos». En conse­cuencia, fueron torturados y asesinados. Al día siguiente, martes 28, sus cadáveres ingresaron en el Hospital Clínico.