Álvaro Sanjuán Canet, salesiano presbítero

Nacido en Alcocer de Planes, provincia de Alicante y diócesis de Valen­cia, el 26 de abril de 1908. Siendo adolescente, pensaba ingresar en el semi­nario diocesano; pero un sacerdote, sabedor de las dificultades económicas que pesaban sobre la familia, lo encaminó al seminario salesiano de El Campello. Llegó a ser salesiano en 1925 y sacerdote en 1934. Se ordenó en Barcelona, pero ya antes había cursado la mayor parte de la teología en el Centro Internacional Salesiano de Turín-Crocetta. Álvaro Sanjuán era entonces un joven salesiano trabajador, alegre, bueno y, aunque un tanto tímido, atrayente.

La guerra civil le sorprendió en la ciudad de Alcoy, donde había estre­nado su apostolado sacerdotal entre los niños y muchachos del colegio salesiano. Los percances de los días 20 al 23 los pasó al lado de José Otín y demás salesianos de aquella casa. Seguidamente se trasladó a la cercana población de Cocentaina (Alicante), junto a la familia. Al inicio, la vida transcurría en paz. Pero las cosas fueron cambiando: por ejemplo, el Comité había clausurado la iglesia parroquial. Don Álvaro era perfecta­mente consciente de lo que pasaba en España y del peligro en que se encontraba por su propia profesión: «Estaba dispuesto a aceptar la volun­tad de Dios con alegría y gran sencillez», asegura su primo, Luis Maiques Canet.

Llevaba ya un par de meses en Cocentaina cuando, por medio de un bando, se exigió que se presentaran en el Comité todos los que habían lle­gado a la localidad a partir del 18 de julio. Don Álvaro obedeció. A finales de septiembre —sería el 26 o el 27—, dos milicianos de Alcoy se presenta­ron en su casa. Les habían avisado desde el Comité de Cocentaina. «Madre, ahora nos toca a nosotros», dijo. Y se lo llevaron. Estuvo encerrado unos días en el convento de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, de Alcoy, que funcionaba provisionalmente como cárcel. Su hermana Elodia pudo visitarle aún el 1 de octubre: «Cuando me vio, me abrazó llorando y me respondió que sabía lo iban a matar. Su mayor preocupación era que no me preocupara de él, sino de mis padres. Tales fueron sus últimas palabras». Lo fusilaron y lo remataron con el tiro de gracia. Para los Comités y los milicianos de la CNT la cosa estaba clara: «Sotana que pillamos, sotana que matamos».