Josep Rabasa Bentanachs, salesiano laico

Nacido en Noves de Segre, provincia de Lleida y diócesis de la Seu d'Urgell, el 26 de junio de 1862. Al quedar huérfano en temprana edad y siendo pobres en su familia, una señora se hizo cargo de él y consiguió ingresarlo en los salesianos de Barcelona-Sarria como ayudante de coci­na. Corría el año 1890. Josep contaba ya 28 años de edad y poseía un corazón generoso. Por eso, le aceptaron en el noviciado y le concedieron hacer la profesión perpetua en 1892. Después de haber trabajado duran­te unos quince años como cocinero en diversas casas, regresó a Sarria en 1923. Cuando, por la edad, notó que le faltaban las fuerzas para respon­sabilizarse de la marcha de la cocina, se entregó, aun más intensamente que antes, a la oración y a la unión con Dios. Don Juan Manuel Imbert Marrero declaró que tenía «un gran espíritu de piedad» y Gaspar Mestre Beltrán aseguraba que «los últimos años los pasaba continuamente en la iglesia».

El mes de julio de 1936 trajo la gran prueba para estos dos religiosos cuyas datos biográficos acabamos de adelantar. Cuando, el martes 21, los salesianos fueron expulsados de su casa, Josep Batalla y Josep Rabasa consiguieron de los nuevos amos -Esquerra Republicana y los milicia­nos- la autorización necesaria para seguir en el puesto, atendiendo a los heridos de guerra. Pero, el día 31, la casa salesiana dejó de funcionar como hospital de sangre, y entonces ambos salesianos se vieron echados a la calle.

Pasaron unos pocos días refugiados en casa de doña Emilia Munill Capell, pariente del padre Batalla: «Hacían una vida normal —atestigua la señora Munill—; no les oí lamentarse de Dios porque permitía aquellas cosas; hacían oración usando sus libros de costumbre».

El antiguo alumno don José Pérez Gómez ya les tenía preparados los pasaportes para trasladarse a Italia. Pero, en vez de ir directamente a recogerlos en el lugar convenido, quisieron llegarse hasta su casa de Sarria a buscar un poco de ropa. Probablemente de retorno -después de haber reunido lo que pudieron encontrar-, fueron sorprendidos y reconocidos en el tranvía y, seguidamente, asesinados, sin considera­ción alguna a su avanzada edad.