José Otín Aquilué, salesiano presbítero

Nació en Huesca, provincia y diócesis de Huesca, el 22 de diciembre de 1901. A los ocho años entró en el colegio salesiano de la misma ciudad, donde su corazón comenzó a abrirse a la vocación religiosa.

Profesó como salesiano en 1920 y, ocho años más tarde, fue ordenado sacerdote. Era «francote y optimista, siempre alegre y jovial, caritativo y muy servicial con todos», según testimonio de don Alejandro Morido15. Y, sin duda, un gran pedagogo entre los muchachos.

En julio de 1936, se encontraba en su comunidad de Alcoy, donde los salesianos desplegaban una gran actividad. Como el director, don Antonio Recasens Cruset, estaba ausente de Alcoy, era él quien hacía sus veces.

La casa salesiana de Alcoy sufrió tres registros los días 20, 21 y 22 de julio. El último fue muy serio: las patrullas de milicianos y milicianas, que ya empezaban a dominar en la ciudad, lo revolvieron todo. Decían que iban en busca de armas y de fascistas. Naturalmente, sus pesquisas resultaron infructuosas. Pero los salesianos tuvieron que abandonar la casa. Los llevaron en un coche al Hotel España —sede del Comité— y, después de tomarles la filiación, les condujeron al Ayuntamiento. Cercio­rado el alcalde de que en la casa salesiana no se había encontrado nada comprometedor, ordenó que se les extendiera un salvoconducto para poder circular libremente. Pasaron la noche del miércoles 22 al jueves 23 en el Hotel Continental, muy bien atendidos por los dueños, que eran amigos de los salesianos.

El jueves 23, cada uno de ellos comenzó su pequeña o gran odisea. Dos de ellos —José Otín y Alvaro Sanjuán—, se verían enseguida atrapados en la vorágine de la persecución religiosa.

El primero fue recibido en el domicilio del salesiano don Vicente Asensi Victoria, en la ciudad de Valencia. Llegó a encontrarse a gusto. Según don Vi­cente, «era él quien bendecía la mesa, dirigía el rezo del rosario, oía en confe­sión a toda la familia». Pero, a finales de noviembre (1936), se presenta en el domicilio la policía con orden de detener a don Vicente y a una hermana suya, religiosa. José Otín teme, y decide abandonar la casa de Asensi, hasta que pase el peligro. Se va a una fonda de la calle don Juan de Austria, n. 17, donde lleva una vida retirada, de oración. Pero alguno, probablemente de la misma fonda, sospecha de él y lo denuncia a los de la FAI. Estos lo detienen y se lo llevan. Nadie supo más de él.